Cuando yo era niña vivía con mi hermana Daysi. Ella compró un perro. Yo me sentí identificada con el animal. Siempre el perro buscaba mi compañía, el perro se paseaba por la casa todo el día, siempre andaba detrás de mi, mientras yo ayudaba dándole de comer y beber, al igual que se hacían los quehaceres de la casa. Al cumplir los 18 años de edad nació en mí la inquietud de conocer por qué el perro aullaba todas las noches.
Un día me acerque a la ventana para entender porque lloraba, si el perro estaba acostumbrado a dormir en el patio. Observé por la ventana que el perro amarrado ladraba en tono amenazador y miraba de frente, mostrando sus colmillos, sus aullidos eran amenazadores y a medida que se sentía bajo la mirada y la presencia de alguien que yo no podía ver, aun con las luces del patio encendida. El perro iba inclinando su cabeza y doblegándose ante la expresión de un cuerpo y una mirada extraña que el sí podía ver y yo no. Hizo dos quejidos, bajo la trompa, se sentó y luego se quedó tranquilo. Como si algo lo estuviera tocando, me vio a través de la ventana y con una mirada triste dejo de ladrar.
Al día siguiente mi cuñado soltó a zafiro como era de costumbre, para que caminara por el patio y por la casa libremente. Pero me sorprendió cuando me dedico una mirada repentina, luego miro hacia la puerta que como de costumbre estaba abierta y luego con pasos lentos comenzó a caminar y se alejó sin esperar ni los buenos días, ni el acostumbrado desayuno de pan con leche. Lo buscaron por el mercado del pueblo, algunos vecinos dicen que lo vieron cerca del mercado. Aunque era negro, en el pueblo siempre había perros parecidos a mi buen amigo.
Este cuento lo escribí para mi clase y lo quiero compartir con todos ustedes. Gracias por leer mis publicaciones.

